NOTICIAS -

El cuadro – Capítulo 3

Novela inédita «El cuadro» de Gonzalo Herrera

Una noche, a la hora de cenar, Joan no vio a su vecino de cuarto entre los comensales. Restó importancia a esa ausencia, en la presunción de que aquél habría ido a cenar con amigos, comprar algo, o simplemente dar un paseo. Hasta que llegó a la habitación, notando en falta la ya conocida colección de medicamentos sobre la mesa de luz.Otro vacío, su algo ajada valija de cuero tampoco estaba encima del rústico ropero que ambos compartían. Era evidente que el hombre se había marchado. Joan aprovechó el momento de dar aviso de su habitual salida para indagar sobre el asunto.Estoy por salir, señora, volveré a la hora de costumbre. Otra cosa… ¿qué fue de don Galeano, que no le vi durante la cena y tampoco en el cuarto?-Viajó esta tarde, los médicos de acá lo mandaron al hospital Tornú, de Buenos Aires, confían que allá puede adelantar…-¡Ah! ¡Qué barbaridad! Bueno… será hasta luego, señora.-Lo único que le pido, mi estimado caballero, es que, por favor, trate de no volver pasado de copas, igual que noches pasadas…-Descuide usted, -haciendo caso omiso al tono insinuante con que le habló la posadera, marchó a su acostumbrado recreo.Más que al encuentro con su compañero Fermín y demás concurrentes en lo de Aurelio, iba por algo importante que necesitaba consultar con aquél. El asunto pasaba por cómo podía hacer para ausentarse del trabajo e ir a la estación del ferrocarril, con la aviesa intención de averiguar sobre la posibilidad que tenía de ocupar el puesto del pobre don Galeano que, visto su estado de salud, difícilmente pueda reintegrarse al trabajo. Lo preocupaba, además, ver cómo ocultarle al compañero, el verdadero motivo de su salida durante hora y media, aproximadamente, para eso necesitaba de un pretexto creíble no sólo por Fermín, sino también, por el capataz del sector donde ambos prestaban servicio.Llegando a la taberna, se iluminó el panorama de sus cavilaciones. ¡Ya lo tenía! Entró al local con la satisfacción dibujada en el rostro, saludando muy alegremente.-¡Buenas noches a todos!-¡Hola, Catalán! -respondieron algunos de los presentes. Complacido por el apodo, Joan fue en busca de su compañero a quien vio acodado en el estaño.-¡Eh, Fermín, pide una jarra de tinto, dos vasos y ven aquí! -acomodó mesa y sillas, aguardando a su amigo.-Bueno, ya que aquí estamos, bebamos… ¡salud!-¡Salud, camarada!-Oye, Fermín, resulta ser que estoy aguardando una encomienda que me envían desde Buenos Aires y debería ir por la oficina del ferrocarril a ver qué novedades hay, pero, ¿cómo consigo el permiso para poder salir?-Mirá, vos andá y velo al viejo Bermúdez, el encargado, le decís que necesitás ir a hacer una diligencia y listo; difícil que no te dé permiso… no e’ tan fiero el tigre como lo pintan, cuanti más, te pueden descontar la hora de laburo que vas a faltar…-Eso haré, le solicitaré el permiso de buen modo; como dicen ustedes por acá, «la tanteada es libre», mientras tanto, ¡salud, Fermín!-¡Salud! -transcurría la velada entre vino y amena charla cuando, llamó la atención de los presentes la llegada de un auto de alquiler, del que descendieron tres hombres con aspecto de cajetillas porteños. Entraron al local con manifiesta intención de hacer compras, ya que el almacén contiguo a el bar, había cerrado. Venían desde Buenos Aires de paso, con destino a la Banda Oriental del Uruguay. El bueno de don Aurelio no tuvo inconveniente alguno en atenderles, lo que, complacidos, agradecieron. Al retirarse, uno de ellos, se dirigió a los parroquianos:-Sepan disculpar ustedes, ¿sabrían decirnos a qué hora sale la primera lancha hacia Salto?-Miren, si amanece con neblina, cosa que es muy probable, no antes de las once… -se apuró Fermín a informarles.-¡Muchas gracias! -sin darles tiempo a reaccionar y, dejando una generosa propina, los tres hombres se retiraron saludando muy amablemente, ante la curiosa mirada de la concurrencia.-¡Eh, Catalán! ¿qué te parece?? ¡con esta plata tenemos vino y cigarrillos para toda la semana…! tomá tu parte, yo voy a buscar otra jarra, ¡esto hay que festejarlo!Duró la reunión lo que el vino de la jarra acercada por Fermín. Joan despidiéndose todos, marchó hacia su albergue.Llegó algo más temprano que de costumbre y entró a la casa juiciosamente, a pesar de los tragos que consigo traía. Dentro de todo, había sabido comportarse durante la pasada tertulia, por ser el siguiente, día laborable.Preparó todo lo necesario para la mañana venidera, dio cuerda al despertador y se acostó, aguardando el reparador sueño, que no tardó en llegar.
Sucedió a hora incierta, dos y algo de la madrugada, serían. Silencio total, total calma mientras la casa y sus habitantes dormían. Fue en ese momento,que pudo verse a doña Ramona atravesar el patio, rumbo a sus aposentos.Si marcamos una imaginaria línea recta, haciéndola coincidir con el andar de la señora, dicho trazo llegaría a la puerta del cuarto de… ¡Ferrandís! De allí regresaba ella, sigilosamente, anudando la cinta de su abrigado batón.Ahora se entiende el porqué, al marcharse don Galeano, a Joan le fue permitido ser él y nadie más, quien ocupe esa pieza siendo que, cuando llegó a la pensión, la habitación era a compartir, como todas las demás.Temprano, ya amaneciendo, estaba Joan en la cocina tomando mate antes de ir a trabajar, hábito ya adquirido en Buenos Aires, a pocos años de su llegada desde España.Iba hacia su día de trabajo con la dulce sensación del amor inesperadamente gozado la noche pasada. No es extraño que tal estado de ánimo, le hiciera sentir más seguro al momento de encarar a don Bermúdez, con su pedido de salir más temprano del trabajo.
Faltando una hora para el receso de mediodía, salió Joan hacia la estación del ferrocarril. Apurando el paso, no tardó en llegar. Con la misma determinación de horas antes, entró a los talleres y al primero con que se cruzó, le preguntó por el jefe.-¿Quién lo busca? -agriamente, inquirió el otro.-Mi apellido es Ferrandís y traigo un recado para él, -inventó.-¿Ve aquella oficina? buen, ahí lo va a encontrar, -le señaló una desprolija construcción de ladrillos sin revocar, adosada a uno de los muros del enorme galpón. En ese lugar tuvo que aguardar a ser atendido ya que había alguien en el despacho tratando algún asunto, espera que a Joan se le hacía interminableA su turno, el hombre fue recibido por el jefe de taller, quien lo recibió muy amablemente, contrastando con aquel que se encontró al llegar. Se presentaron. Joan pasó a exponer el motivo de su visita, yendo directamente al punto, cuidándose de no hacer mención de la vacante surgida por el estado de salud de don Galeano; con total seguridad, habló de su experiencia reciente en metalúrgica pesada. Cuando su interlocutor preguntó dónde había trabajado anteriormente para adquirir tal experiencia, sintió como si el suelo se abriera debajo de sí. Aunque no se había preparado para ese sorpresivo momento, creyó que lo mejor para superar el trance, era ir de frente, con la verdad. Relató cómo, recién llegado a nuestro país y, orientado por otro paisano, pudo llegarse hasta los Talleres Vasena en tiempo más que oportuno pues, la metalúrgica estaba incorporando personal. Se inició en la empresa trabajando de peón, ocupándose, en principio, de las tareas más rudas y pesadas, llegando a ser, transcurridos unos años, un trabajador calificado, operador idóneo de cuanta maquinaria hubiera en la fábrica. Hizo aquí Joan, un grave silencio antes de continuar. Tras la pausa, se refirió a los acontecimientos de la que se había dado en llamar «La Semana Trágica», de principios de mil novecientos diecinueve; de cómo se llevó con él y ocultó, dejándolo en su lugar en la casa que alquilaba, a uno de los mentores de aquella huelga de tan cruento desenlace. Después, la huida, los avatares de quien se siente prófugo, perseguido… y todo lo que siguió, hasta el día de hoy.Quedó en silencio, en actitud de gran humildad, -rol que sabía interpretar a la perfección en circunstancias como la presente o parecidas.-No debe sentirse avergonzado por lo sucedido, mi amigo, dijo el directivo como para distenderlo- tiene que agradecer haber salvado el pellejo, si no, esta reunión, no hubiera sido posible, ¿no le parece?-Sí, ssí… tiene usted razón…Bueno… dígame dónde ubicarlo, aparte del hospital en caso de haber alguna novedad favorable sobre su posible incorporación al taller.-Aquí tiene, -sacó Joan, del bolsillo de su algo raída campera, un papel manuscrito con su nombre y dirección, entregándolo a modo de tarjeta de visita. Hubo un sutil gesto de asombro en la mirada del jefe, al ver tan prolija caligrafía, impensada en alguien que apenas había cursado no más de tres grados de la escuela primaria. Puede que eso sea porque aprendió, antes de ser mecánico, el oficio de letrista. El tono muscular, más la perceptible aspereza de sus manos al saludar, confirman el predominio de las herramientas pesadas en su quehacer. Sin embargo, dentro de esa rudeza que la vida le impuso, de alguna forma, el hombre buscaba superarse leyendo. En sus ratos libres, se leía alguno que otro libro de la popular Editorial Tor, que conseguía en una casa de compraventa cercana, iniciando así, su «pequeña y modesta biblioteca», como le gusta decir al escritor español, sevillano y del barrio de Triana, don Jorge Benítez Govantes.Sin precisar una próxima entrevista, se despidieron ya pasado un cuarto de hora de las doce. El taller había cesado su actividad. Joan fue directamente a la pensión, pasando de largo por el bodegón de Aurelio como hacía siempre a esa hora, en actitud de obligada abstinencia hasta horas de la noche. Digamos que su recién iniciado y clandestino amorío con la señora de la casa, harían de él, en lo sucesivo, un buscador de cierta sobriedad.      
(Continuará)